El
sacro, entre el cielo y la tierra
Guillermo
M. Lago Núñez
El
cultivo o arte de la paciencia, con ser siempre importante resulta
imprescindible cuando te enfrentas al aprendizaje de una materia o
actividad compleja, como por ejemplo el tai chi. Conocer los ochenta
movimientos de la tabla que practicamos y desarrollarlos de forma
fluida, como la ejecutaba el maestro Peter Yang, se me representó
desde el principio una tarea casi imposible más allá del
conocimiento de su coreografía, la dirección de cada movimiento o
giro, la ejecución de la serie.
Tras
casi cuarenta años de repetición –repetición cada día– apenas
he llegado a vislumbrar algo más de lo que fue la luminosa primera
vez que seguí sus pasos. Es cierto que durante estos años he ido
progresando en cuanto a la concienciación del movimiento, el aprecio
de las sensaciones, la novedad de lo cotidiano; también se ha ido
modificando la postura, las preferencias por determinados movimientos
o la unión entre diferentes secuencias, sin lugar a dudas es más
que un ejercicio que te transforma.
Entonces
¿en dónde estoy en estos momentos? Se me antoja que aún no he
empezado, y desde este preludio, sin que pueda indicar qué es o
estoy haciendo cada día, sí me gustaría ir compartiendo algunas de
las cuestiones que en estos momentos se me plantean y procuro
resolver siguiendo el viaje
del movimiento.
Durante
algún tiempo, dada la relevancia que tiene el equilibrio, estuve
pendiente del arraigo a la tierra, sentir la planta de los pies como
si fueran las de los patos, abiertas y planas, cercanas a la
rugosidad del suelo para desde allí sujetarme a unas no tan
imaginarias cuerdas gravitatorias procedentes del centro de la tierra
que te atraen, de forma que ya fuera en un porcentaje de cada planta,
o en una sola, me permitiera mantener el equilibrio. Estas cuerdas
tiran fuertemente hacia abajo y desde los pies sujetan bien las
piernas con lo cual las rodillas se abajan acercándose al suelo, de
lo que resulta una singular energía positiva que penetra por las
extremidades inferiores del cuerpo.
Por
otro lado junto a esta atracción hacia la tierra, al igual que
ocurre con el crecimiento de los árboles y plantas, se producía un
agarre ascendente, desde la crisma de la cabeza hacia el cielo, estás
sujeto a un hilo invisible (de seda) que tira desde arriba de forma
que te libera de peso y hace que la espalda se mantenga recta,
estirada en todo lo largo, colocándote como un bailarín en una
elegante configuración espacial.
En
esta combinación vertical de tierra y cielo confluye una tensión
elástica de fuerzas contrapuestas, por un lado el hilo que te tira
para arriba y permite que hagas un movimiento casi ingrávido, por
otro la cuerda que te arrastra hacia el suelo y te imanta a la
tierra, ambas fuerzas se encuentran en el cuerpo, que se envuelve en
el movimiento, en una encrucijada.
Es
precisamente en este momento cuando descubres la pelvis, como bisagra
o cortafuegos de la dualidad. Al dirigir la atención hacia la
cavidad de la pelvis, con todos sus vericuetos, y sentir la
maravillosa sujeción que efectúa de la columna vertebral –poniendo
de manifiesto que el cuerpo no se sostiene, sino que se sustenta–
se produce una alineación que nos va a permitir la definitiva
integración del movimiento en la postura humana.
En
alguna ocasión me pareció que la pelvis era el volante del
movimiento. Ahora no lo veo así, la pelvis es meramente
instrumental, es una tabla de salvación, pero tabla; en realidad son
las piernas, y antes que ella la presión que realiza cada pie en el
suelo (de ahí lo cuidadoso de su posición), la que dirige gracias a
los tendones y ligamentos su estructura ósea, pero sin esa tabla no
se sitúa la columna sobre las piernas y por tanto no se sigue el
movimiento.
Actúa
así la pelvis como una plataforma que nivela en la horizontalidad la
columna vertebral y la libera de los cambios que se producen como
consecuencia del movimiento armonioso (que semeja al del mar, al del
agua) de las extremidades. Es curioso que en ella radique el
movimiento puro, sin tiempo y sin espacio, de la cosa misma, el
movimiento/quietud, el movimiento como estado.
Se
contrarresta así la tensión que se genera desde el hilo del cielo
sin para ello usar fuerza alguna, le basta con ajustar la posición
de la cadera (ni muy adelante ni muy atrás o a un lado u otro o en
diagonal), evitando que se eleve el cuerpo más o menos de lo
necesario o se incline en exceso la espalda. Está en un mar de
confluencias entre energías opuestas ya que, aunque la que proviene
desde la tierra en ningún momento rebasa su límite (que se
exterioriza en determinadas partes como los brazos e incluso el
cráneo), es el lugar en el que justamente confluye con la del cielo,
por lo que es donde se regresa hacia el ser
propio del
hombre.
Y
es precisamente al experimentar la posición de la pelvis cuando
empiezas a relacionarlo todo. De entrada la propia cadera con los
hombros, con los que se mueven al unísono –como los ojos y el
ombligo–, más adelante las rodillas con los codos, las muñecas
con los tobillos, las manos con los pies, el coxis con la cervical,
la continuidad de las piernas en el tronco, el de un movimiento
íntegro (simultáneo: todo
a la vez)
que te expande, en definitiva te sitúas entre la balanza y la rueda,
en el ser
de un estar.
De
este juego de resonancias que se registran en la concienciación de
la pelvis no es tampoco ajeno el tan
tien,
del que es también escudo trasero, y que está como una perla sujeto
al escroto (con el contrapeso de los testículos u ovarios), la
pelvis da el cobijo de un sillón a este centro de todo y del que
todo es centro.
Cuando
me refiero a la pelvis recuerdo la importancia que daba el maestro al
movimiento del culo y particularmente su referencia al sacro –que
es quien nivela y estabiliza la pelvis, lo que definitivamente
debemos identificar– tanto por su ubicación como por su nombre.
Así que en la pelvis, es el sacro, lo sagrado, lo que alinea el
cielo y tierra y los pone en relación.
¡Qué
maravilla! situar al hombre (lo primero que se esconde) entre el
cielo y la tierra, junto a las diez mil cosas. Y, en medio del
hombre, la pelvis —el sacro— sin hacer nada (también escondido),
solo sustentándonos ahí. En ese centro sagrado es donde, cuando
durante la aurora continúo los pasos de una senda que no atraviesa
ni rodea ningún territorio, está ahora mi atención
amorosa.